Hace unas semanas, durante un encuentro con el pintor Pedro Cano, le hice una pregunta que nació de la curiosidad mientras le escuchaba hablar de sus viajes y de los cuadernos que le han acompañado durante décadas: ¿qué hace que un momento o un lugar entren en tus cuadernos? ¿Por qué un momento determinado o un paisaje determinado entra y otro no?
De su respuesta me quedé especialmente con una idea: la importancia de lo vivido más allá del papel o de la tela. Después seguí pensando en aquella pregunta y me di cuenta de que, aunque la había formulado pensando en sus cuadernos y en su forma de crear, podía llevarla mucho más allá de la pintura.
Porque las personas también elegimos, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello, dónde ponemos la mirada… Cada día pasan cientos de cosas delante de nosotras. Nos cruzamos con personas, escuchamos conversaciones, trabajamos junto a personas de las que quizá conocemos muy poco, recorremos las mismas calles, entramos en los mismos lugares y repetimos rutinas que terminan resultándonos tan familiares que casi dejamos de prestarles atención. Vemos muchísimo, pero eso no significa necesariamente que estemos mirando.
Y quizá ahí esté una diferencia importante. Mirar implica detenerse lo suficiente como para permitir que algo nos alcance, nos sorprenda o nos haga preguntarnos si aquello que dábamos por sentado era realmente como creíamos. A veces puede ser un paisaje, pero otras puede ser una persona a la que nunca habíamos preguntado cómo estaba de verdad, una capacidad que no habíamos visto porque nuestra atención estaba puesta en una limitación, una compañera cuyo talento había quedado escondido detrás de un puesto de trabajo, una realidad que no nos afectaba directamente o un gesto pequeño que habría pasado completamente desapercibido si no hubiéramos levantado la cabeza a tiempo.
Pensándolo así, cambiar la mirada no siempre consiste en aprender a ver cosas nuevas. A veces consiste en volver a mirar aquello que lleva mucho tiempo delante de nosotras. Las barreras no empiezan a existir cuando alguien las señala. El talento no aparece cuando alguien finalmente lo reconoce. La diversidad tampoco nace cuando decidimos prestarle atención. Todo eso ya estaba ahí. Lo que puede cambiar es nuestra capacidad para verlo y, a partir de ahí, también nuestra manera de actuar.
Quizá por eso aquella pregunta que hice pensando en los cuadernos de un pintor terminó regresando a mí de otra manera. Porque, si un artista decide qué instante, qué paisaje o qué pequeño detalle merece detener su mirada y permanecer en una página, nosotras también vamos haciendo nuestra propia selección cada día. Prestamos atención a unas cosas e ignoramos otras, damos importancia a unas personas y podemos hacer invisibles a otras, nos detenemos ante determinadas realidades mientras pasamos de largo frente a muchas más.
No se trata de vivir pendientes de todo. Sería imposible… Se trata, quizá, de no mirar siempre desde el mismo lugar, porque cuando cambiamos el lugar desde el que observamos también pueden cambiar las cosas que somos capaces de descubrir.
De todo lo que sucede cada día delante de ti, ¿qué puede estar pasando desapercibido simplemente porque todavía no te has detenido a mirarlo?…
Con gratitud,







