A veces la vida nos mueve tanto que perdemos un poco la referencia. No hace falta un gran cambio. Basta con la rutina, las prisas o ese cansancio que aparece sin avisar. Y casi sin darnos cuenta, dejamos de vernos como realmente somos.
Lo curioso es que muchas veces es otra persona quien nos devuelve a nosotras mismas. No porque aparezca con respuestas mágicas. No porque lo tenga todo claro. A veces lo hace simplemente estando ahí, escuchando, o mirándonos con una atención que ya no nos damos.
Hay miradas que sostienen. Conversaciones sencillas que ordenan por dentro. Personas que, sin pretenderlo, nos recuerdan esa parte nuestra que habíamos dejado en un cajón.
Cuando eso ocurre, algo se recoloca. Volvemos a nuestro centro. Recuperamos claridad. Recordamos que seguimos siendo nosotras, aunque la vida se haya acelerado o cambiado el guion sin consultarnos.
Por eso es tan importante rodearnos de gente que suma. Personas que no imponen, que no presionan, que no juzgan. Personas que acompañan sin ruido, que dicen “estoy aquí” sin necesidad de hablar demasiado.
Cambiar la mirada también es esto. Permitir que el otro nos muestre lo que no estamos viendo. Aceptar que no siempre podemos con todo. Recordar que somos relación, comunidad, vínculo… incluso cuando creemos que caminamos solas.
A veces basta una sola mirada para recordarnos quiénes somos. Y ese gesto, tan sencillo y tan humano, también transforma.
Con gratitud,
Natalia P.V.







