Hay algo bastante curioso que pasa cuando una lleva mucho tiempo acostumbrándose a remar, a sostener proyectos como puede, a convivir con la incertidumbre o simplemente a no esperar demasiado de algunas cosas. Y es que, cuando de repente ocurre algo bonito, no siempre reaccionamos con alegría inmediata. A veces reaccionamos con prudencia, como si una parte de dentro necesitara tiempo para creérselo.
Estos días, después de la entrevista y del reportaje publicado en el Diario Vasco, muchas personas me han escrito para felicitarme, para decirme que se alegran, que ya tocaba, que es importante todo lo que se está moviendo alrededor de la asociación y de la visibilización de las personas con grandes quemaduras Claro que hace ilusión. Pero al mismo tiempo también aparece esa sensación rara que creo que muchísimas personas conocen aunque no siempre la digan en voz alta...“vamos a no emocionarnos demasiado por si acaso”.
Y es curioso porque nadie nos enseña a gestionar eso. Se habla mucho de cómo afrontar las caídas, los problemas o los momentos difíciles, pero casi nunca hablamos de lo que pasa cuando algo empieza a ir bien después de mucho tiempo sintiendo que todo costaba el doble. Porque hay personas que se acostumbran tanto a resistir, a reinventarse y a tirar hacia delante incluso cuando las fuerzas no sobran, que cuando la vida les devuelve un poco de luz también aparece cierto miedo.No por falta de ilusión. Más bien porque una parte de ti se ha acostumbrado a protegerse.
Y entonces hacemos cosas muy humanas. Quitamos importancia a lo bueno que pasa, cambiamos rápido de tema, hacemos bromas o intentamos mantener los pies tan pegados al suelo que casi no nos permitimos disfrutar del momento.
Y no hablo solo de salir en un periódico. Hablo de cualquier cosa que nos devuelva esperanza cuando casi habíamos aprendido a vivir sin ella. Un proyecto que empieza a caminar, una oportunidad inesperada, una llamada, una persona que llega, una noticia buena después de mucho tiempo o simplemente sentir que algo empieza a colocarse en su sitio. A veces el verdadero vértigo no aparece cuando perdemos algo. Aparece cuando sentimos que quizá esta vez podría quedarse.
Ahí empiezan esas frases que tantas personas hemos dicho alguna vez: “mejor no decir nada todavía”, “a ver cuánto dura”, “no quiero hacerme ilusiones”. Como si pensar en negativo pudiera prepararnos mejor para lo que venga.
Pero quizá desafiar la suerte también tenga que ver con esto. Con aprender a vivir las cosas bonitas sin estar esperando constantemente el momento en que desaparezcan. Con permitirnos disfrutar un poco más, confiar un poco más y dejar de pensar que todo lo bueno tiene fecha de caducidad.
Porque después de muchas tormentas, hasta la calma puede parecer extraña.
Con gratitud,
Natalia PV.







