Hay una idea del Tao que me resulta especialmente interesante: el valor del vacío… Las personas estamos acostumbradas a relacionar el vacío con aquello que falta. Un espacio vacío parece pedir que pongamos algo en él, un silencio nos incomoda y buscamos palabras, una agenda con huecos parece poco aprovechada y cuando termina una etapa enseguida empezamos a pensar cuál será la siguiente. Hemos aprendido a ocupar los espacios casi sin preguntarnos si realmente necesitan ser ocupados.
El Tao propone observar el vacío de otra manera y utiliza para ello una imagen muy sencilla. Una vasija se construye con barro, pero es el espacio que queda en su interior el que permite utilizarla. Con una habitación sucede algo parecido: necesitamos las paredes para construirla, pero necesitamos el espacio que queda entre ellas para poder habitarla. El vacío, entonces, también tiene una función.
Pensando en esto me doy cuenta de cuánto valor damos a todo aquello que incorporamos a nuestra vida: conocimientos, experiencias, proyectos, responsabilidades, relaciones, objetivos… Vamos sumando y avanzando, muchas veces sin prestar demasiada atención al espacio que queda entre unas cosas y otras. Y esos espacios también son necesarios. Nos permiten terminar algo sin tener decidido inmediatamente qué vendrá después, escuchar una conversación sin estar preparando nuestra respuesta, dejar una tarde sin planes, permitir que una idea repose antes de convertirla en un proyecto o reconocer sencillamente que hay momentos en los que todavía no tenemos una respuesta.
Vivimos además en un entorno en el que resulta mucho más fácil valorar lo que se ve: lo que hacemos, producimos, conseguimos o mostramos. El espacio, el silencio o la espera tienen menos reconocimiento porque aparentemente en ellos no está ocurriendo nada. Sin embargo, también ahí suceden cosas. Observar antes de decidir, escuchar antes de responder, descansar, pensar o simplemente dejar pasar un poco de tiempo también forman parte de cualquier proceso.
Quizá por eso me gusta tanto la imagen de la vasija. El barro es necesario, por supuesto, pero llenar completamente su interior acabaría eliminando aquello que la hace útil. Necesitamos lo que construimos y también necesitamos el espacio que dejamos.
Estamos tan acostumbradas a preguntarnos qué vamos a hacer después, qué nos falta o qué más podemos incorporar, que pocas veces nos preguntamos algo mucho más sencillo: ¿Cuánto espacio estamos dejando en nuestra vida para que pueda entrar algo que todavía no conocemos?
Con gratitud,







