Las organizaciones dedican tiempo y recursos a formar a las personas que trabajan en ellas. Se habla de adquirir conocimientos, mejorar capacidades, aprender nuevas tareas y prepararse para los cambios que puedan llegar. Sin embargo, no siempre se aprovecha todo aquello que se ha aprendido y, en ocasiones, cuesta comprender qué sentido ha tenido tanto esfuerzo.
Cuando una persona dedica meses a prepararse para desempeñar una función, es lógico que espere tener la oportunidad de poner en práctica esos conocimientos. Durante ese tiempo aprende, se adapta, adquiere experiencia y también se generan expectativas. Si después las circunstancias cambian, habrá que buscar la manera de adaptarse a ellas, pero sería razonable conocer los motivos y valorar las distintas posibilidades antes de tomar una decisión.
Las organizaciones tienen necesidades que atender y quienes las dirigen deben organizar el trabajo. Lo que me pregunto es hasta qué punto se tiene en cuenta a las personas que conocen de primera mano las tareas, los procesos y las dificultades que aparecen cada día. Porque muchas veces las soluciones pueden estar mucho más cerca de lo que pensamos, pero para encontrarlas hace falta preguntar y escuchar.
También convendría prestar atención a cómo llega la información a quienes toman las decisiones. No es lo mismo conocer una situación directamente que hacerlo a través de lo que otra persona cuenta. Cada una de nosotras interpreta lo que ve o escucha desde su propia experiencia, sus conocimientos e incluso sus expectativas. Y cuando esa información pasa de una persona a otra, puede perder detalles importantes o adquirir un significado diferente al que tenía inicialmente.
Por eso considero que escuchar distintas perspectivas, especialmente la de quienes están directamente implicadas, debería formar parte de cualquier gestión que aspire a ser eficiente. No podemos conocer todas las posibilidades si únicamente contamos con una parte de la información.
Y luego están las formas, algo que a veces parece quedar relegado a un segundo plano. Una decisión puede estar justificada desde el punto de vista organizativo y, sin embargo, comunicarse de una manera poco adecuada. La responsabilidad de dirigir también implica saber hablar con las personas, explicar los cambios y reconocer el esfuerzo realizado. El respeto no debería depender del puesto que ocupamos ni de quién tiene la última palabra.
Todo esto influye en la manera en que las personas vivimos nuestro trabajo. Podemos continuar cumpliendo con nuestras responsabilidades y, al mismo tiempo, sentir que nuestros conocimientos, nuestra experiencia o nuestras aportaciones apenas se tienen en cuenta. Y cuando estas situaciones se repiten, también pueden terminar afectando a la iniciativa y a las ganas de seguir aprendiendo.
Me pregunto cuántas oportunidades de mejora se pierden dentro de las organizaciones por no escuchar a quienes trabajan en ellas. Cuántas decisiones podrían ser diferentes si se contrastara mejor la información, se conocieran las circunstancias de las personas y se dedicara algo más de tiempo a buscar alternativas.
Dirigir supone tomar decisiones, pero también crear las condiciones para que las personas puedan aportar lo mejor de sus capacidades. Una organización eficiente no debería limitarse a distribuir tareas y alcanzar resultados. También tendría que saber aprovechar los conocimientos que ya tiene, cuidar la comunicación y reconocer el valor de quienes hacen posible su funcionamiento.
¿Cuánto podríamos mejorar nuestras organizaciones si antes de decidir dedicáramos algo más de tiempo a escuchar a las personas que las hacen funcionar cada día?
Con gratitud,







