En las organizaciones se producen situaciones que podrían resolverse con relativa facilidad y que, sin embargo, terminan prolongándose más de lo necesario. A veces porque falta una decisión, otras porque las responsabilidades no están suficientemente definidas y, en ocasiones, porque determinadas formas de trabajar se han normalizado hasta el punto de que nadie se plantea revisarlas.
Mientras tanto, las personas intentan adaptarse, preguntan, esperan respuestas o buscan alternativas para poder desarrollar su trabajo en condiciones adecuadas.
Tomar la iniciativa puede ayudar a modificar estas situaciones. Una persona que decide actuar, que busca la manera de avanzar utilizando los recursos disponibles, puede conseguir que algo que llevaba tiempo pendiente finalmente suceda. Sin embargo, que una situación se resuelva gracias a la iniciativa individual no significa necesariamente que la organización esté funcionando correctamente.
Las organizaciones tienen una responsabilidad importante sobre las experiencias que viven las personas que forman parte de ellas. La distribución de tareas, el acceso a la formación, las oportunidades de desarrollo, la comunicación y el cumplimiento de los compromisos dependen, en buena medida, de cómo se organiza y se dirige el trabajo.
Cuando alguno de estos aspectos falla, las consecuencias no siempre aparecen reflejadas en los indicadores de gestión. Se manifiestan en el tiempo que las personas dedican a solicitar respuestas, en las oportunidades que se pierden, en el esfuerzo adicional que supone conseguir algo que debería formar parte del funcionamiento habitual y, en ocasiones, en un desgaste que termina afectando a su motivación y bienestar.
Algunas organizaciones valoran la autonomía, la proactividad y la capacidad de resolver problemas, mientras mantienen dinámicas que obligan a utilizar esas mismas capacidades para superar obstáculos internos.
La iniciativa individual debería contribuir a mejorar lo que ya funciona, aportar nuevas ideas y abrir posibilidades. Cuando se necesita constantemente para conseguir que se cumplan responsabilidades básicas, convendría preguntarse qué está ocurriendo con la gestión.
También es importante reconocer que no todas las personas tienen la misma facilidad para tomar la iniciativa. Algunas cuentan con más experiencia, seguridad o recursos para desenvolverse ante determinadas situaciones. Otras pueden encontrarse con mayores dificultades, y eso no debería condicionar su acceso a las mismas oportunidades.
Una organización no puede depender únicamente de que sus integrantes sepan insistir, reclamar o encontrar soluciones por su cuenta. Necesita establecer condiciones que permitan a todas las personas desarrollar sus capacidades y participar en igualdad de oportunidades.
Tomar la iniciativa puede cambiar las cosas, desde luego. Pero quizás el verdadero avance organizativo se produzca cuando esa iniciativa deje de ser necesaria para resolver lo que ya debería estar garantizado.
Con gratitud,







