Hay viajes que empiezan cuando haces la maleta y terminan cuando vuelves a casa. El nuestro empezó bastante normal, pero todavía no tengo muy claro cuándo va a terminar porque, más de una semana después, seguimos con él.
La idea era ir al cumpleaños de un amigo y volver al día siguiente. Una noche fuera, una mochila pequeña y la tranquilidad de pensar que en unas horas estaríamos tomando algo con amigos. Salimos de casa, condujimos hasta el aeropuerto, pagamos el peaje, dejamos el coche en el parking y entramos pensando que lo siguiente sería subir al avión. Pues no…
Primero retrasaron el vuelo un poco, después otro poco y luego nos dijeron que esperáramos 50 minutos para saber algo más. A esas alturas 50 minutos ya casi nos parecían poca cosa, así que seguimos allí mientras empezaban a cancelar otros vuelos. El nuestro continuaba apareciendo en la pantalla y con eso nos bastaba para seguir pensando que saldríamos. No sé muy bien en qué momento una deja de ser optimista y pasa simplemente a ser cabezota, pero nosotros todavía no habíamos llegado.
En algún momento nos dieron un vale de seis euros para comer y conseguimos un café y un bollo. Tampoco daba para mucho más y, después de tantas horas, casi agradecimos tener algo nuevo que hacer, aunque solo fuera decidir quién quería el café.
Pasaron más de cinco horas hasta que finalmente cancelaron el vuelo por mal tiempo. Había una cola impresionante para reclamar y estaban buscando la forma de llevar a las personas hasta su destino, incluso por carretera. Nosotros teníamos que volver a la tarde siguiente y, una vez allí, todavía nos quedaba bastante para llegar hasta la casa de nuestro amigo, así que empezamos a darle vueltas y llegamos a la conclusión de que podíamos pasarnos media noche intentando llegar para empezar casi enseguida a pensar en cómo volver. Muy tentador no parecía…
Así que cogimos el coche y regresamos a casa. Una hora más de carretera después de haber pagado combustible, peaje y parking para pasar la tarde en un aeropuerto, tomarnos un café con un bollo y terminar exactamente en el mismo lugar del que habíamos salido. Mientras tanto, el cumpleaños se estaba celebrando perfectamente sin nosotros, que también hay que decirlo.
Nos habían dicho que todo lo demás podíamos arreglarlo desde la aplicación y pensamos que al día siguiente lo haríamos tranquilamente desde casa. La aplicación nos mandó a atención al cliente y atención al cliente nos recibió con una grabación que decía que, como había muchas cancelaciones y muchísimas llamadas, si no era urgente probáramos en otro momento. Después de cinco horas esperando un avión, tampoco nos íbamos a poner impacientes justo entonces.
Y desde ese día seguimos con el viaje sin movernos de casa. Primero una reclamación, después una respuesta, luego otro documento, los certificados, el seguro… Para no haber volado estamos acumulando bastante experiencia viajera, aunque de momento toda sea administrativa.
Pero unas horas después nuestros amigos nos contaron algo que cambió bastante la historia. Aquel “mal tiempo” por el que nos habían cancelado el vuelo había dejado lluvias muy fuertes, inundaciones y problemas para circular, y cerca de su casa había rotondas inundadas. Justo nosotros, que habíamos pasado más de cinco horas deseando que aquel avión saliera para aterrizar y buscar después la manera de llegar hasta allí.
Y claro, ahí ya no sabía muy bien si seguir protestando por nuestra mala suerte o empezar a agradecerla un poco, porque perder el cumpleaños, pasar cinco horas esperando y gastar dinero para terminar nuevamente en casa no parecía precisamente un golpe de fortuna, pero aterrizar en mitad de un temporal para después intentar llegar hasta una casa rodeando zonas inundadas tampoco mejoraba demasiado el plan.
No voy a decir que me alegré de perderme el cumpleaños porque no sería verdad y tampoco voy a intentar convencerme de que aquel café con bollo compensó la tarde. Pero reconozco que, cuando supe lo que estaba pasando allí, pensé que igual habíamos tenido bastante más suerte de la que creíamos mientras mirábamos enfadados aquella pantalla.
Y esto de la suerte tiene estas cosas. Cuando algo no sale como queremos enseguida pensamos que hemos tenido mala suerte, aunque resulta que a veces todavía no tenemos toda la información. Nosotros solo sabíamos que nuestro avión no salía y que nos estábamos perdiendo un cumpleaños; lo de las rotondas inundadas nos enteramos después.
Así que ahora no sé muy bien dónde colocar aquel día. Podría ponerlo en la mala suerte porque el plan salió fatal, o en la buena porque quizá fue mejor no llegar, y seguramente las dos cosas tengan algo de razón. Lo que sí tengo claro es que una cosa es aceptar que quizá tuvimos suerte y otra muy distinta renunciar a las reclamaciones. Una cosa no quita la otra.
Más de una semana después seguimos intentando cerrar aquella escapada de una noche. No estuvimos en el cumpleaños, no conocimos ningún lugar nuevo y nuestras fotos del viaje se reducen prácticamente a un aeropuerto, pero llegamos bien a casa y, sabiendo ahora lo que estaba pasando al otro lado, no me parece un final tan malo.
Eso sí, para ser un viaje que nunca hicimos, está durando muchísimo…
Seguimos desafiando la suerte.
Con gratitud,







