No sé muy bien en qué momento una camiseta normal deja de ser una camiseta cualquiera y pasa a convertirse en la camiseta de la suerte. Supongo que ocurre sin avisar. Un día te la pones para ver un partido, tu equipo gana y, la siguiente vez, vuelves a utilizarla “por probar”. Si vuelve a ganar, ya está todo decidido: esa camiseta acaba de ascender de categoría y desde ese momento tendrá una responsabilidad que nadie le ha pedido, pero que tendrá que asumir.
Da igual que tenga diez años, que el cuello esté vencido, que haya perdido el color o que alguien en casa lleve semanas preguntando cuándo piensas tirarla. Esa camiseta ya no se tira porque ha demostrado que funciona y, ante algo así, mejor no arriesgarse.
Lo mejor de todo es que este fenómeno no entiende de edades, profesiones ni niveles de estudios. Hay quien tiene unos calcetines reservados para las entrevistas de trabajo, quien utiliza siempre el mismo bolígrafo para firmar documentos importantes y quien no cambia de sitio durante un partido porque, según explica con absoluta seriedad, “desde aquí vamos ganando”.
Después están quienes aseguran que no creen en las supersticiones, pero empiezan a ponerse nerviosos cuando faltan diez minutos para el encuentro y no encuentran la camiseta. En ese momento ya no importa si está en la lavadora, en el cesto de la ropa o debajo de la cama. Hay que encontrarla, porque una cosa es no creer en la suerte y otra muy distinta tentar al destino.
Lo curioso es que nunca culpamos a la camiseta cuando las cosas salen mal. Si el equipo pierde, siempre aparece una explicación mucho más razonable: el árbitro, el entrenador, una mala decisión, el terreno de juego o incluso ese familiar que apareció justo cuando no tenía que aparecer. La camiseta, sin embargo, mantiene intacto su prestigio y continúa preparada para la siguiente ocasión.
Algo parecido ocurre con todos esos objetos que guardamos durante años “por si acaso”: una moneda en la cartera, una pulsera, un llavero, una piedra recogida durante un viaje o ese bolígrafo que nadie puede tocar porque “es el bueno”. A veces ni siquiera recordamos cuándo empezó todo, pero sería demasiado arriesgado dejar de hacerlo justo ahora.
Todas las personas conocemos a alguien así y, si estás pensando que tú no tienes ninguna manía, quizá deberías preguntar a quienes viven contigo. Es posible que tengan una lista bastante más larga y detallada que la tuya.
Al final, las supersticiones tienen algo divertido y también bastante humano. Nos permiten pensar que, entre tantas cosas que no podemos controlar, todavía existe la posibilidad de llegar a algún pequeño acuerdo con la suerte.
Aunque para ello tengamos que ponernos la misma camiseta una vez más…Por si acaso.
Con gratitud,







