Vivimos deprisa. Contestamos deprisa, decidimos deprisa y, muchas veces, también juzgamos deprisa. En el trabajo parece que quien responde antes transmite más seguridad, como si detenerse unos minutos a pensar fuera una señal de duda o de falta de capacidad.
Sin embargo, con el paso del tiempo he descubierto que muchas de las conversaciones que más se complican no nacen de un gran problema, sino de una respuesta demasiado rápida.
Hay correos que se envían desde el enfado. Reuniones que terminan con una interpretación equivocada. Comentarios que pretendían ser inofensivos y acaban dejando una herida. Y casi siempre ocurre algo parecido: reaccionamos antes de comprender.
No se trata de callarse ni de dejar pasar las cosas. Se trata de recordar que entre lo que ocurre y nuestra respuesta existe un pequeño espacio. Un espacio muy breve, casi imperceptible, pero con un enorme valor.
Es en ese espacio donde podemos preguntarnos si hemos entendido bien lo que acaba de pasar, si conocemos toda la información o si estamos respondiendo desde el cansancio, la preocupación o una experiencia anterior que, sin darnos cuenta, estamos trayendo al presente.
No siempre podremos hacerlo. Hay días en los que vamos demasiado deprisa o en los que las emociones nos ganan la partida. Somos personas, no máquinas. Pero cuanto más aprendemos a reconocer ese instante, más conscientes se vuelven nuestras decisiones.
En los equipos ocurre algo parecido. Una pausa a tiempo puede evitar un conflicto innecesario. Una pregunta formulada con curiosidad puede sustituir a una conclusión precipitada. Y una conversación iniciada desde la calma suele abrir muchas más puertas que una respuesta impulsiva.
Quizá la eficacia no consista siempre en responder primero. Quizá también tenga que ver con responder mejor.
Una pequeña propuesta para esta semana: la próxima vez que una situación en el trabajo te incomode, antes de responder prueba a hacerte una sola pregunta: «¿Necesito contestar ahora mismo o necesito entender un poco mejor lo que está pasando?». No resolverá todos los problemas, pero puede cambiar la calidad de muchas conversaciones.
Porque, a veces, la mejor respuesta no es la más rápida. Es la que llega cuando hemos tenido tiempo de mirar un poco más allá de la primera impresión.
¿Cuántas decisiones habrían sido diferentes si nos hubiéramos concedido un minuto antes de responder?
Con gratitud,







