Cuando hablamos de formación dentro de las empresas, solemos pensar en cursos, nuevas herramientas, conocimientos técnicos o programas de desarrollo profesional. En principio, son oportunidades que permiten mejorar las capacidades de las personas y prepararlas para asumir nuevas responsabilidades. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en cómo se decide quién accede a esas oportunidades y quién continúa haciendo lo mismo de siempre.
En muchas organizaciones hay personas que reciben formación de manera habitual, participan en nuevos proyectos y tienen ocasión de demostrar lo que saben hacer. Otras, en cambio, pueden pasar años desempeñando correctamente su trabajo sin que nadie les proponga aprender algo diferente. Con el tiempo, esa diferencia empieza a tener consecuencias, porque quienes han tenido oportunidades cuentan con nuevas experiencias que incorporar a su trayectoria, mientras que quienes no las han tenido pueden terminar siendo consideradas personas con menos preparación.
Llama la atención que después se utilice precisamente esa falta de experiencia para justificar que no puedan acceder a determinados puestos. Se les pide haber realizado funciones que nunca tuvieron ocasión de desempeñar, conocer herramientas que nadie les enseñó a utilizar o demostrar capacidades que no han podido poner en práctica.
También conviene reconocer que no todas las personas quieren asumir nuevas responsabilidades ni cambiar de puesto. Hay quienes están satisfechas con su trabajo y desean continuar desarrollándolo. Pero esa decisión debería corresponder a cada persona y no darse por hecha simplemente porque lleva muchos años realizando una determinada tarea.
La formación tiene una importancia que va más allá de adquirir conocimientos. También permite descubrir intereses, desarrollar capacidades que hasta entonces habían permanecido poco visibles y abrir posibilidades profesionales que quizá ni la propia persona había considerado. Cuando una organización limita esas oportunidades basándose únicamente en el puesto que alguien ocupa, corre el riesgo de desaprovechar capacidades que ya forman parte de su equipo.
En Currículum Borrado hemos hablado de trayectorias difíciles de clasificar, de experiencias que no se reconocen y de personas que han crecido profesionalmente sin que su puesto haya cambiado. Esta vez queremos detenernos en algo que influye directamente en todas esas situaciones: las oportunidades que ofrecemos para que las personas puedan seguir aprendiendo y demostrar hasta dónde pueden llegar.
Porque cuando revisamos un currículum también estamos viendo, aunque no siempre seamos conscientes de ello, las oportunidades que esa persona ha tenido a lo largo de su vida profesional. Y sería interesante que las organizaciones incorporaran esa perspectiva antes de valorar lo que alguien sabe hacer o lo que todavía le queda por aprender.
¿Cuántas capacidades permanecen sin descubrir porque nunca se ofreció la oportunidad de desarrollarlas?
Con gratitud,







