Yo no me considero una persona supersticiosa. Lo digo bastante convencida, además, aunque reconozco que esta afirmación tiene algunos matices…Por ejemplo, no creo que pasar por debajo de una escalera vaya a cambiar el rumbo de mi vida, pero si puedo pasar por un costado, tampoco veo la necesidad de comprobarlo. Con los gatos negros no tengo ningún problema y el número 13 no me preocupa especialmente, pero si alguien dice “qué bien está saliendo todo”, reconozco que una parte de mí piensa inmediatamente que podría haberse callado…Porque una cosa es no ser supersticiosa y otra muy distinta ir dando ideas.
También está lo de tocar madera. No sabría explicar qué espero exactamente que haga ese trozo de árbol por mí, pero si en ese momento hay una mesa cerca, la toco. No cuesta nada y seguimos con nuestra vida. Lo mismo ocurre con cruzar los dedos cuando estamos esperando una respuesta importante. Sabemos perfectamente que dos dedos entrelazados no van a influir en la decisión de nadie, pero ahí estamos…
Y luego están esas frases que directamente me parecen innecesarias. “Peor ya no puede ir”, por ejemplo. ¿De verdad? ¿Hace falta lanzar semejante reto cuando todavía quedan horas por delante? La experiencia me ha enseñado que hay días especialmente creativos y yo prefiero no darles ideas.
Supongo que por eso existen tantas pequeñas supersticiones que repetimos incluso quienes aseguramos que no creemos en ellas. Hace poco escribía sobre la camiseta de la suerte, esa que empieza siendo una camiseta cualquiera hasta que tu equipo gana dos veces mientras la llevas puesta y, de repente, adquiere unas responsabilidades que nadie le había pedido. A partir de ahí ya puedes tener veinte camisetas mejores en el armario, que como haya partido importante sabemos perfectamente cuál te vas a poner ese día.
Y pensándolo bien, quizá todo esto tenga menos que ver con la suerte de lo que parece. Hay muchas cosas que no podemos controlar: una respuesta que estamos esperando, un proyecto que queremos que salga adelante, un resultado, una decisión de otra persona o simplemente uno de esos días en los que parece que todo se ha puesto de acuerdo para complicarse un poco. Y ante todo eso buscamos pequeños gestos que nos hagan sentir que, por lo menos, estamos haciendo algo.
El tema no es tocar madera, cruzar los dedos, llevar la camiseta de la suerte o tener un número favorito. La cuestión sería si dejáramos que esas cosas decidieran por nosotras. Porque una cosa es hacerle un pequeño guiño a la suerte y otra sentarse a esperar que haga nuestro trabajo.
Con los años he llegado a la conclusión de que puedo seguir tocando madera, cruzando los dedos o evitando determinadas frases si me apetece. Mientras no deje en manos de la suerte las decisiones que me corresponden a mí, tampoco veo dónde está el problema. Al fin y al cabo, hay cosas que podemos controlar y otras que no, y quizá aprender a distinguir unas de otras sea bastante más útil que encontrar un trébol de cuatro hojas.
Eso sí, después de escribir todo esto voy a tocar madera. Una cosa no quita la otra…Seguimos desafiando la suerte.
Con gratitud,







