Hay momentos en que parece que todo se detiene. Que el esfuerzo no da fruto, que los proyectos no avanzan, que el camino se vuelve más largo de lo que imaginábamos. En esos momentos, la impaciencia aparece disfrazada de urgencia: “tengo que hacerlo ya”, “algo estoy haciendo mal”, “voy tarde”.
Pero la vida no se mueve a nuestra velocidad. A veces, simplemente nos está pidiendo pausa. Nos está pidiendo madurar por dentro lo que todavía no puede florecer afuera.
He aprendido —a veces a la fuerza— que las cosas más valiosas no se aceleran. Un vínculo, una idea, una sanación o un cambio profundo necesitan tiempo, incluso silencio. Y aunque cuesta, cuando soltamos el control y dejamos de empujar, las cosas encuentran su ritmo.
La paciencia no es pasividad. Es confianza en el proceso, es permanecer presentes sin rendirse. Es sostener con fe lo que aún no vemos, pero sabemos que llegará.
Acompañar los procesos con calma no significa quedarnos quietas, sino escuchar lo que realmente necesita atención. La vida tiene su propio reloj, y casi nunca coincide con el nuestro. Y cuando por fin llega ese momento que tanto esperábamos, entendemos que si hubiera llegado antes, no estábamos listas.
La paciencia, al final, no es esperar sin hacer nada. Es seguir caminando, aun cuando el paisaje parezca quieto.
Con gratitud,







