Cuando pensamos en una mujer emprendedora, es fácil que nos venga a la cabeza la misma imagen: una conferencia, un escenario, un premio o una publicación en redes sociales celebrando un nuevo proyecto. Sin embargo, mientras esas fotografías ocupan portadas y eventos, hay muchas otras mujeres que cada día levantan sus negocios, generan oportunidades y crean valor sin apenas recibir visibilidad.
Entre ellas están muchas emprendedoras con diversidad funcional.
No hablo de mujeres que buscan reconocimiento por las dificultades que han vivido. Hablo de profesionales que son psicólogas, docentes, artesanas, consultoras, diseñadoras, escritoras o integradoras sociales. Mujeres que emprenden exactamente por el mismo motivo que cualquier otra persona: porque tienen una idea, un talento y el deseo de aportar algo a la sociedad.
Hace unos días pensaba en Mari Mar Gómez. Su trayectoria como integradora social, coach y docente es un buen ejemplo de ello. Gran parte de su trabajo gira en torno a la autonomía, la inclusión y el derecho de cada persona a decidir sobre su propia vida. Quienes hemos compartido espacios con ella sabemos que su forma de trabajar no pone el foco en las limitaciones, sino en las capacidades y en todo aquello que cada persona puede llegar a desarrollar cuando encuentra las oportunidades adecuadas. Ese enfoque, además de profesional, es profundamente transformador. Y entonces me hice una pregunta: ¿por qué conocemos tan pocas historias como la suya?
No creo que sea porque no existan. Estoy convencida de que es porque seguimos mirando hacia los mismos lugares. Todavía nos cuesta hablar de emprendimiento sin fijarnos antes en aquello que hace diferente a la persona. Con demasiada frecuencia seguimos presentando a una emprendedora por su discapacidad antes que por su proyecto, cuando en realidad lo que debería ocupar el primer plano es su trabajo, su conocimiento y el valor que aporta.
Quizá por eso encontramos tan pocos referentes. No porque falten mujeres emprendedoras con diversidad funcional, sino porque rara vez ocupan el espacio que merecen en los medios, en los congresos o en las conversaciones sobre liderazgo y emprendimiento.
Y es una pena, porque cada una de esas historias puede abrir una puerta a otra mujer que todavía está dudando si dar el paso.
La inclusión no consiste solo en eliminar barreras arquitectónicas o facilitar el acceso a determinados espacios. También consiste en dar visibilidad al talento, en recomendar a una profesional por la calidad de su trabajo, en invitarla a participar en una mesa de expertos o en contar su historia sin convertirla en un ejemplo de superación constante.
Al final, lo que inspira no es una discapacidad. Lo que inspira es ver a una mujer construyendo un proyecto con profesionalidad, con esfuerzo y con la misma ilusión que cualquier otra emprendedora.
Quizá ha llegado el momento de ampliar la fotografía del emprendimiento y empezar a mirar todo lo que, durante demasiado tiempo, ha quedado fuera del encuadre.
Porque cuando damos visibilidad a estas mujeres no solo estamos reconociendo su trabajo. También estamos ofreciendo referentes a quienes vienen detrás y recordando que el talento nunca debería depender de la mirada de los demás.
¿Qué emprendedora con diversidad funcional crees que merece ser mucho más conocida por su trabajo que por su historia personal?
Con gratitud,







