Hay una pregunta que, tarde o temprano, casi todas las personas nos hacemos en algún momento de nuestra vida profesional.
¿Quién soy cuando dejo de ser el cargo que ocupo? Puede parecer una pregunta extraña, pero creo que tiene mucho más sentido del que imaginamos.
Vivimos en una sociedad en la que nos presentamos diciendo a qué nos dedicamos. Soy médico, profesora, administrativa, operario, directora, autónoma o gerente. Y, sin darnos cuenta, acabamos identificándonos tanto con ese puesto que parece que explica por completo quiénes somos. Sin embargo, los cargos tienen algo en común: cambian. Unas veces porque decidimos dar un paso diferente. Otras porque la organización cambia, porque llega una jubilación, porque termina un contrato o, simplemente, porque la vida nos lleva por otro camino. Y es precisamente ahí donde aparece una pregunta mucho más interesante.
Si mañana dejara de ocupar ese puesto, ¿qué seguiría aportando?
Hace tiempo comprendí que mi trayectoria profesional podía parecer difícil de explicar. He trabajado en ámbitos muy distintos y he ocupado responsabilidades muy diferentes. Durante años pensé que esa diversidad hacía complicado encontrar un hilo conductor. Sin embargo, un día dejé de fijarme en los cargos y empecé a observar los roles. Fue entonces cuando todo empezó a tener sentido.
Descubrí que, independientemente del lugar en el que estuviera, siempre acababa haciendo cosas muy parecidas. Escuchando a las personas, conectando ideas, impulsando proyectos, creando espacios de colaboración o intentando que quienes estaban alrededor encontraran puntos de encuentro. Los cargos habían cambiado muchas veces. El rol, prácticamente nunca. Y creo que eso nos ocurre a muchas personas.
Hay quien tiene el don de generar confianza. Otras personas organizan equipos de forma casi natural. Algunas saben mediar en los conflictos sin darse cuenta y otras son capaces de detectar oportunidades donde la mayoría solo ve dificultades. Eso no depende del organigrama. Depende de la persona.
Por eso cada vez me interesa menos preguntar a alguien qué cargo ocupa y mucho más descubrir cuál es el papel que desempeña allí donde está.
Porque el cargo habla del puesto que ocupamos. El rol habla del valor que aportamos. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, puede cambiar por completo la forma en la que entendemos nuestra propia trayectoria profesional.
Quizá por eso muchas personas sienten un vacío cuando cambian de trabajo o pierden un cargo. No porque hayan dejado de ser valiosas, sino porque durante demasiado tiempo confundieron su identidad con el nombre que aparecía en una tarjeta de visita.
Los cargos son importantes. Reconocen responsabilidades y ayudan a organizar las organizaciones. Pero son temporales. Los roles, en cambio, suelen acompañarnos toda la vida. Y quizá ahí esté la verdadera pregunta.
Si mañana desapareciera el cargo que figura junto a tu nombre, ¿seguirías reconociendo el valor que eres capaz de aportar?
Con gratitud,







