Hay cosas que una aprende con el tiempo, no porque alguien te las explique, sino porque la vida insiste hasta que lo entiendes. Yo antes era de las que lo contaba todo, si iba a empezar algo lo contaba, si tenía una idea la compartía y si algo me ilusionaba… ahí ya no había ningún tipo de filtro, como si decirlo en voz alta fuera a ayudar a que ocurriera antes o mejor.
Hasta que un día entendí que igual me estaba adelantando un poco.
Recuerdo perfectamente cuando me llamaron del programa de Sonsoles. No una vez, varias. Coordinando, organizando, preguntando… y yo ya dentro, no solo por la tele, sino por lo que podía suponer para dar visibilidad a la asociación de personas con grandes quemaduras. Y claro, lo conté, con ilusión, con ganas, con esa sensación de “esto va a abrir puertas”, porque cuando algo te importa es difícil guardártelo.
Pedí el día en el trabajo, hablé con varias personas del equipo, llegamos incluso a ver cómo me llevaban, si en tren, si en avión… aquello ya parecía completamente en marcha, de esas cosas que das por hechas sin darte cuenta de que todavía no lo están.
Y entonces, de repente, otra llamada, para decirme que lo dejaban para más adelante, ese “más adelante” que todos sabemos cómo suele acabar, y ahí me quedé, sin entrevista, sin programa y con varias personas preguntándome cuándo salía en la tele, mientras yo explicaba que no, que al final no, que ya veremos… y por dentro pensaba que igual no hacía falta contarlo tan pronto.
Y no, no pasó nada grave, pero sí pasó algo, esa sensación de haberte adelantado, de haber puesto fuera algo que todavía no estaba del todo sostenido, como si lo hubieras expuesto antes de tiempo confiando en que ya estaba hecho cuando en realidad todavía estaba en el aire.
Y ahí es donde empiezo a entender cosas que antes me sonaban a tontería, eso de no contar algo hasta que está hecho, eso de dejar que las cosas se asienten antes de compartirlas, ese “por si acaso” que antes no tenía en cuenta y que ahora empiezo a mirar con otros ojos.
No sé si es suerte, superstición o simplemente experiencia, pero cada vez tengo más claro que hay cosas que crecen mejor en silencio, no por esconderlas, sino por cuidarlas, porque cuando algo está empezando necesita espacio, no ruido, necesita foco, no opiniones, y necesita tiempo, no expectativas.
Así que ahora, cuando algo me ilusiona mucho, me lo pienso dos veces antes de contarlo, no por miedo, sino por respeto, por darle su sitio, por dejar que ocurra antes de explicarlo.
Porque a veces no es que la suerte cambie… es que tú dejas de ponerla a prueba antes de tiempo.
Y oye, no sé si será casualidad o no, pero desde entonces muchas cosas van saliendo… sin tanto anuncio previo.
Seguimos desafiando la suerte.
Con gratitud,







