Septiembre tiene algo curioso. Parece que todo tiene que volver a empezar…Volvemos de las vacaciones, retomamos rutinas, aparecen nuevos proyectos, nuevos objetivos y esa sensación de que tenemos por delante una especie de hoja en blanco que deberíamos empezar a llenar cuanto antes. Pero cuando hablamos de emprendimiento, hace tiempo que tengo dudas sobre eso de empezar de cero.
Una mujer que decide emprender a los cuarenta, a los cincuenta o a los sesenta años no empieza de cero. Tampoco lo hace quien ha cerrado anteriormente un negocio, quien ha cambiado de profesión, quien lleva años trabajando por cuenta ajena o quien ha tenido que aparcar una idea durante un tiempo porque la vida, sencillamente, tenía otros planes. Todas llegan con algo.
Llegan con experiencia, conocimientos, contactos, errores, aprendizajes y habilidades adquiridas en lugares que quizá, a primera vista, no tienen ninguna relación con el proyecto que están poniendo en marcha. Llegan también con decisiones que funcionaron y otras que no, con una forma de relacionarse con las personas y con una manera de mirar los problemas que se ha ido construyendo con el tiempo. Y todo eso también forma parte del emprendimiento.
A veces parece que solo cuenta aquello que hemos aprendido específicamente para nuestro proyecto actual, cuando probablemente estamos utilizando muchas más herramientas de las que somos conscientes. Una persona que ha trabajado durante años atendiendo al público sabe escuchar, gestionar situaciones difíciles y relacionarse con personas muy diferentes. Quien ha coordinado equipos conoce la importancia de organizar, comunicar y tomar decisiones. Incluso aquello que salió mal puede enseñarnos algo que después nos evita volver a cometer el mismo error. Por eso quizá deberíamos tener un poco más de cuidado cuando decimos que alguien “empieza de cero”.
Empezará un proyecto nuevo, tendrá muchísimo que aprender y seguramente se equivocará unas cuantas veces por el camino, pero no llega vacía. Lleva consigo todo lo vivido hasta ese momento.
Esto me parece especialmente importante cuando hablamos de mujeres que emprenden después de muchos años de trayectoria profesional o personal. En ocasiones la edad se presenta casi como un inconveniente que hay que compensar, cuando también puede significar experiencia, perspectiva, contactos, capacidad para tomar decisiones y, algo que considero especialmente valioso, un mayor conocimiento de una misma.
Por supuesto que tener experiencia no garantiza que un proyecto vaya a funcionar. Emprender obliga a aprender continuamente, hacer números, reajustar ideas y reconocer cuando algo no está funcionando como esperábamos. Pero incluso entonces tampoco volvemos a cero. Nos llevamos lo aprendido para el siguiente paso.
Quizá septiembre no tenga que ser el mes de empezar otra vez. Puede ser simplemente el momento de continuar desde donde estamos, revisar qué queremos hacer y mirar también todo lo que llevamos en la mochila antes de pensar en lo que todavía nos falta.
Porque antes de preguntarnos cuánto camino queda por recorrer, quizá merezca la pena reconocer todo el que ya hemos recorrido.
Con gratitud,







