Hay cansancios que no se explican con el número de horas dormidas ni con la agenda del día anterior. Cansancios que aparecen incluso cuando, en teoría, todo está en orden. Has parado, has descansado, has hecho “lo que tocaba”, y aun así algo sigue pesando.
Ese cansancio suele tener más que ver con la forma en la que nos exigimos que con todo lo que hacemos. Con la costumbre de estar siempre disponibles, de no fallar, de responder, de poder con más de lo que realmente sería justo pedirnos. No porque nadie nos obligue, sino porque hemos aprendido que así es como se sostiene la vida.
A veces confundimos compromiso con autoexigencia, responsabilidad con olvido de una misma, fortaleza con aguantar sin rechistar. Y en ese camino vamos acumulando un desgaste silencioso que no se soluciona durmiendo un poco más o cogiendo unos días libres.
Porque no es el cuerpo el que necesita descanso, es la mirada con la que nos tratamos.
En Cambia tu mirada hablamos de esto: de aprender a escucharnos antes de empujarnos, de revisar desde dónde estamos sosteniendo las cosas y de entender que cuidarnos no es rendirse, ni abandonar, ni perder valor. Es, muchas veces, la única forma honesta de seguir.
Quizá hoy no necesites hacer nada distinto. Quizá lo que necesitas es dejar de exigirte tanto. Y empezar a tratarte con la misma comprensión que ofreces a los demás.
Porque hay cansancios que no se quitan descansando. Se alivian cuando nos miramos con un poco más de verdad.
Con gratitud,







