Hay momentos en los que una está tan tranquila que casi da miedo, porque en el fondo ya sabemos que cuando todo parece demasiado ordenado, algo se va a torcer. Iba de camino al aeropuerto así, relajada, sin prisas, pensando que el viaje había ido bien y que, por una vez, lo tenía todo bajo control, cuando aparece la pregunta que lo cambia todo: “¿llevo el pasaporte?”
No era una gran preocupación, más bien una incomodidad, de esas que intentas apartar diciéndote que claro que sí, que cómo no lo vas a llevar, pero aun así decides mirar, más por quedarte tranquila que por otra cosa. Y ahí es donde todo cambia, porque abres el bolso y el pasaporte no está, y en ese momento no hay reflexión ni calma, solo una decisión clara: dar la vuelta.
Empiezas a hacer cálculos que no sirven para nada, porque en realidad ya sabes que vas justa, mientras vuelves al hotel con esa mezcla de prisa y de “no me puedo creer que me esté pasando esto”. Subes, entras en la habitación, miras… y ahí está, exactamente donde lo dejaste por las prisas y por estar hablando, confiando en ese “luego lo cojo” que tantas veces no llega.
Lo coges, bajas, vuelves a salir y esta vez sí, con todo encima y bastante más pendiente de lo que llevas, llegas al aeropuerto, pasas controles y te sientas en el avión con la sensación de que ya está, que el momento del día ya ha pasado y que a partir de aquí todo irá rodado. Pero no…
Porque al llegar al siguiente aeropuerto, miras la hora, y piensas que has perdido el siguiente vuelo. Y ahí vuelve esa sensación, ya no tanto de nervios como de incredulidad, de “¿en serio otra vez?”, mientras miras pantallas, intentas ubicarte y empiezas a asumir que te toca reorganizar el plan.
Hasta que, poco a poco, te das cuenta de lo que ha pasado. El vuelo no se ha ido, sigue ahí. La que no ha cambiado la hora eres tú. El origen y el destino no estaban en el mismo huso horario, pero tú sí, funcionando con tu reloj como si nada.
Y en ese momento, ya con todo colocado, te entra hasta la risa, porque en pocas horas has pasado de pensar que lo tenías todo controlado a dar la vuelta por un pasaporte olvidado y a correr como una loca por todo el aeropuerto, por un vuelo que no habías perdido.
Y, sin embargo, no pasó nada.
Llegué, todo estaba en su sitio y la historia, vista con un poco de distancia, tenía más de anécdota que de problema. Supongo que por eso sigo escribiendo esta newsletter, porque la suerte no siempre tiene que ver con que todo salga bien, sino con darte cuenta, cuando todo se calma, de que no era tan grave como parecía mientras lo estabas viviendo y de que, incluso en medio del pequeño caos, la vida tiene una forma curiosa de recolocarse.
Seguimos desafiando la suerte.
Con gratitud,







