Hay currículums que parecen incompletos. No porque falte formación o experiencia, sino porque faltan contextos.
Faltan los desplazamientos. Las pausas forzadas. Los trabajos que no estaban en el plan. Las decisiones tomadas para sobrevivir y no para crecer, al menos no como se entiende desde fuera.
Hay trayectorias que no siguen una línea recta. Se interrumpen, se adaptan, se rehacen. Cambian de país, de idioma, de ritmo, de prioridades. Y en ese proceso, muchas veces, pierden valor a ojos del sistema.
En el papel solo queda lo último. El puesto actual. La función que hoy permite pagar un alquiler, compartir un piso o sostener una etapa complicada.
No aparece lo que hubo antes. Ni lo que se está construyendo en paralelo. Ni la capacidad de empezar de nuevo sin dejar de ser quien se es.
Quizá el problema no esté en los currículums. Quizá esté en la forma en la que miramos.
Porque hay personas que son mucho más de lo que aparece. Y trayectorias que no empiezan donde decidimos empezar a contar.
¿Desde cuándo una trayectoria empieza el día que cruzas una frontera?







