Internet tiene algo curioso: convierte a cualquiera en experto en vidas ajenas en cuestión de segundos. No hace falta conocer a la persona, ni entender su historia, ni siquiera detenerse demasiado; basta un móvil, una cuenta y un momento de impulso para opinar sobre la cara de alguien, sobre su cuerpo o sobre su forma de estar en el mundo con la misma naturalidad con la que se comenta el tiempo.
Esta vez se trata de un chico con más de un millón y medio de seguidores. Tiene diversidad funcional. Se muestra tal como es, habla con naturalidad, comparte su día a día y ocupa espacio sin pedir permiso. Y, como si formara parte del decorado inevitable, debajo aparecen comentarios que no buscan conversación ni intercambio de ideas, sino algo mucho más simple y más crudo: herir. Frases escritas con una facilidad desconcertante, lanzadas como si no tuvieran destinatario, como si al otro lado no hubiera una persona leyendo.
Lo que llama la atención no es solo el contenido del insulto, sino la ligereza con la que se publica. Esa sensación de que todo vale porque se hace desde una pantalla, porque no hay mirada enfrente, porque nadie pide explicaciones. Se escribe y se sigue con el día. Mientras tanto, quien recibe esos mensajes tiene que decidir si los ignora, si los bloquea o si aprende a convivir con ellos .
Quizá lo más incómodo para algunos no sea la diversidad funcional, sino la tranquilidad con la que alguien decide mostrarse sin esconderse, sin pedir perdón por existir de una manera distinta a la que encaja en el molde habitual. Porque cuando alguien vive con esa seguridad, deja en evidencia la fragilidad de quien necesita señalar para sentirse más fuerte.
Tal vez el problema no sea la diferencia. Tal vez el problema sea la incapacidad de mirarla sin sentirse amenazado.
Y quizá, solo quizá, el verdadero desafío no sea desafiar la suerte… sino desafiar la crueldad cotidiana que se disfraza de comentario.
Con gratitud,







