Hace más de quince años que trabaja en el mismo centro especial de empleo. Cada día repite los mismos movimientos, las mismas piezas, el mismo ruido. A veces siente que su cuerpo trabaja en automático y su mente se va a otro sitio, a ese lugar donde imagina que alguien la ve, que alguien confía en ella.
Tiene una diversidad funcional reconocida, sí. Pero también una capacidad inmensa para aprender, organizar. Lo ha demostrado mil veces en silencio, ayudando a compañeras nuevas, resolviendo problemas. Aun así, nadie la propone para nada. Nadie le pregunta si quiere aprender algo nuevo.
“Es como si ya me hubieran puesto una etiqueta y no la pudieran despegar”, dice. Y detrás de esa etiqueta, hay una mujer que cría sola a dos hijos, que madruga, que cumple, que sostiene. Que cada mañana se repite que tiene que ir —aunque no tenga ganas— porque alguien tiene que pagar las zapatillas nuevas, la excursión del colegio o el recibo de la luz.
No pide un ascenso, ni un premio. Solo una oportunidad. La oportunidad de demostrar que puede dar más, de sentirse útil de verdad, de que alguien la vea por lo que es: una mujer valiente, trabajadora, capaz.
Porque hay muchos currículums borrados que no están en los portales de empleo, sino en los talleres donde la rutina ha borrado la ilusión. Y quizá, lo único que falta, es que alguien mire con otros ojos y diga: —Te veo. Vamos a intentarlo.
¿Y si mirásemos más allá de las etiquetas y viésemos el talento que llevamos años pasando por alto?
#CurriculumBorrado







