Hoy he empezado en un puesto nuevo, uno de esos comienzos que parecen sencillos por fuera —mono de trabajo, manos a la obra, rutina— pero que a veces remueven más de lo esperado, no tanto por el trabajo en sí, sino por las miradas y las interpretaciones que otras personas hacen de lo que ven.
A lo largo de mi trayectoria he ocupado distintos roles y sigo haciéndolo. He trabajado y trabajo por cuenta ajena, también soy autónoma, acompaño a personas, impulso proyectos y sigo aprendiendo cada día. Nada de eso se anula entre sí. Todo forma parte de un mismo recorrido, aunque no siempre sea visible para quien observa solo una parte.
Vivimos en una sociedad que tiende a simplificar, a colocar etiquetas rápidas, a confundir a la persona con el puesto que ocupa en un momento concreto, como si eso resumiera quién es, de dónde viene o todo lo que aporta. Y no, no siempre se ve la historia completa, ni hace falta. No tenemos la obligación de explicarnos ni de justificarnos ante quien no sabe —o no quiere— mirar con un poco más de profundidad. Trabajar con las manos, emprender, acompañar a otras personas o asumir responsabilidades no son caminos opuestos, sino experiencias que conviven cuando hay coherencia, respeto y honestidad. El valor no sube ni baja con un cargo, ni la dignidad depende de una etiqueta, sino de cómo caminamos, de cómo tratamos y de cómo nos sostenemos a nosotras mismas en cada etapa.
Mañana volveré al trabajo como siempre, con profesionalidad, con respeto y con una sonrisa como elección consciente, porque cuando sabes quién eres y desde dónde aportas, el lugar que ocupas no te define ni te limita: simplemente forma parte del camino.
Con gratitud,







